Un trago de vida

Sergio Berrocal | Newsoncuba

No me queda más que el placer de escribir, a sabiendas que no pasará nada en mi vida, quizá algún disgusto por haber sido un poco duro, pero nada más. El placer ya no es siquiera ilusión. Quizá cincuenta años sean muchos. Últimamente me doy cuenta de que los que no leen pero saben que los grandes de la literatura existen, como yo sé que hubo grandes jugadores de fútbol como Di Stefano o Pillín II, “admiran” a los grandes escritores, los que suenan de vez en cuando en las radios, aunque no tanto como un rey de la raqueta o un príncipe del balón, porque creen que haciéndolo así adquieren cultura.

No saben quién es Hemingway, o Dos Passos o Gabriel García Márquez, pero el hecho de que conozcan la alineación de los mejores les da la impresión de formar parte del mundo de los que leen. El otro día le regalé a una enfermera un ejemplar de mi última novela y tardó en aceptarla. Yo simplemente quería agradecerle el pinchazo de la vacuna, pero para que lo aceptara tuve que explicarle de qué iba, si se trataba de una historia real. Me dieron ganas de romperlo allí delante de ella.

Pero ni para eso tengo ya gracia. Esta mañana quise remendarme el alma con un güisqui pero no me supo a nada. Mala señal, compañero. El güisqui siempre ha sido el remedio utilizado en el Oeste norteamericano, al menos en las películas. El remedio universal. Nosotros, los espectadores, también lo hemos empleado para aliviar heridas, penas, sinsabores, contratiempos. Porque el güisqui no ha sido nunca un licor para caballeros sumidos en pensamientos más o menos interesantes en el fondo de un mullido butacón. El güisqui es el trago supremo de todos aquellos héroes nuestros de la pantalla, el que no cura pero alivia la soledad y hasta a grandes dosis la desesperación.

Los Estados Unidos, que finalmente han sido los inventores de esa bebida como ducha del alma, lo han explotado largamente en los miles de películas que a partir del fin de la II Guerra Mundial, 1945, consiguieron exportar a Europa. Nadie puede haber olvidado Dias sin huellas, con un Ray Milland que iba más allá de la interpretación. Todos, muchos de nosotros, hemos sido ese hombre desesperado, que ha traspasado todos los límites del dolor y de la desesperanza. Se bebe mucho en las novelas norteamericanas, desde Hemingway a Dos Passos, porque ese güisqui tomado en una tabernucha, o en el mullido confort de un despacho de Wall Street, con vasos toscos o tallados en Italia. Y se bebe porque formaba parte de las vidas que ellos cuentan.

Nosotros, los aprendices de todos aquellos genios que sabían contar, pero más allá de la realidad visible, también hemos caído en la facilidad o la desesperación, una vez más, de empujar los recuerdos y de moderar el dolor con una copa de güisqui. Porque tomar vino como se hace más frecuentemente en Europa es un pasatiempo que no tiene el efecto olvidadizo del licor fuerte. Bebemos para olvidar o para darnos fuerzas para seguir adelante sin echar nada atrás, afrontando los mil y un obstáculos de una vida normal. Emile Zola describió en L’assommoir, de la forma más realista, muy lejos del que luego sería el neorrealismo, las ansias de beber, beber como parte imprescindible para seguir el camino de la pobreza. Y sus protagonistas no son, por supuesto, ni escritores, ni banqueros, ni siquiera un perdido como Ray Milland. Son obreros que antes o después, o durante, de ponerse a trabajar en un ambiente casi de esclavitud, se surten de fuerzas con aguardientes que dejaría el güisqui a la altura de un biberón para recién nacido.

Y uno de ellos, que se ha subido para arreglar un tejado después de haberse dado fuerzas en la taberna, caerá a la calle, donde quedará tullido para siempre. Los güisqueros no corremos tamaños riesgos, porque pertenecemos a un modo de vida diferente. Podemos temerle a la cirrosis, por ejemplo, pero el más cínico dirá que son riesgos del oficio. Después de todo, dirá el filósofo de turno, a partir de cierta edad nos mantienen vivos con miles de trucos farmacéuticos, de los que es mejor no leer el voluminoso papelito explicativo. Nos envenenan con los residuos de un medicamento que nos va muy bien para la tensión o para cualquier otra cosa. Pero es el precio que hay que pagar para seguir adelante.

A tu salud, camarada.

 

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