Nunca más sonreiremos como antes

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Llevo encerrado ya más de veinte años en mi isla africana y me pregunto cuántos pasó el que luego sería Conde de Montecristo en el penal de la isla de If, en la bahía de Marsella. Me gustaría poder salir un día, aunque no me llevase los planos del tesoro que el monje entregó a Montecristo. Me bastaría con un billete de avión abierto y en primera, no en busines, ni tonterías, para el destino que yo eligiese en el aeropuerto. Claro que una provisión de travellers cheques tampoco estaría mal. Creo que cuando me escape mi primera visita será Nueva York. He pensado convertirme por una temporada en conductor de los taxis amarillos, uno como el que conducía Robert de Niro en “Taxi Driver”.

Luego seguramente tomaría un avión para el nordeste de Brasil, porque calculo que para entonces habrá acabado la pandemia y el presidente Jair Bolsonaro estará en el manicomio, exiliado en Puerto Príncipe o muerto de una de sus rabietas. Hace muchos años, desde cuando estuve en Brasilia, que tengo en mente la playa donde alquilaré o compraré una casita. No es que yo sea un solitario. Me han convertido en un solitario. Y tal vez entonces, aunque ya el tiempo me escaseará, seré feliz. Desde 1985, cuando estuve por primera vez, han pasado cuarenta y cuatro años, toda una vida. La gente no es la misma. Murió Fidel y los listos creyeron que a partir de entonces La Habana sería Hollywood, y ya se apuntaron improvisados productores inútiles llegados de Miami o de España. Y las cosas empeoraron. Cuba es hoy lo que nunca debió ser.

A Cuba no iré. Son demasiadas las desilusiones y las traiciones. Me quedaré en la playa brasileña hasta que todo se acabe. No hay más solución. Lo malo es que no me quedan destinos ni ilusiones. Y ya sé que no las tendré para poder llegar a la playa. No seré el nuevo Conde de Montecristo. Dejaré Cuba de lado de mi huida aunque la propaganda oficial haya sacado un lema bastante pegadizo: Volveremos a sonreír juntos. Y todo el mundo sabe que es mentira. Después del paso del huracán coronavirus nadie sonreirá con la boca entreabierta. Habrá quizá tímidas sonrisitas, por si acaso, que no llegarán a Pekín.

El mundo habrá cambiado radicalmente. Ya no serán las gripes anuales y las habituales vacunas. Ahora serán los pinchazos de la pandemia, para conservarnos más o menos seguros.

El mundo habrá cambiado radicalmente porque el equilibrio de fuerzas no será el mismo. Los servicios secretos ya han entregado un informe al presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, quien lo había solicitado de toda urgencia, en el que se detalla cómo los bichos que destruyeron Occidente salieron de un laboratorio (del ejército, por supuesto) de la ciudad de Wuhan. Y nadie dice que otros bichos no conseguirían “escaparse” si los chinos no consiguen situarse como los primeros del mundo, algo que están ya consiguiendo. No se trata de un capricho étnico sino de directivas del todopoderoso Partido comunista Chino, que ha dejado la ortodoxia bonachona del Partico Comunista, el más poderoso de la tierra, por una política llamada a instaurar en la china Comunista una China capitalista.

Los norteamericanos temen al presidente Xi Jinping como una vara verde. El hombre no habla más que en voz baja con una media sonrisa que nadie sabe a qué viene. Pero los principales líderes de la otra parte del mundo, Estados Unidos y Rusia, saben a qué atenerse. Les ha tirado por los suelos las bolsas cuando se le ha antojado y todos los observadores saben que un día, el mundo será chino. Se acabaron los “coolies” de las películas o los barrios llamados folclóricamente Chinatown. Lo que está en juego es la supremacía del mundo. Y es por eso que nunca más volveremos a sonreír como antes de que el tristemente célebre coronavirus nos visitara.

 

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