Los caballeros negros

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

A nadie de los liberados le gustó para nada Miami. Y cuando se les acercó un patrullero con ínfulas de querer saber, casi riendo viendo como estaban vestidos los perseguidos (Circé llevaba un vestido de Hermés que dejaba ver toda su belleza, los niños estaban disfrazados en guerreros del espacio y el papá tenía la camisa rota) se acercaron a ellos en plan chulesco. Circé hizo un gesto y los cuatro patrulleros quedaron paralizados. Los niños los desarmaron, los desnudaron y luego ella les devolvió el movimiento. Al verse de esa guisa salieron corriendo. Pero sus autos estaban sin motor, que el más pequeño les había vendido a unos gitanos griegos que pasaban.

-Nos vamos de este falso paraíso sentenció Circé con aquella palabreja que acababa de inventar. Un enorme Falcon dorado aterrizó a su lado, creando un caos en la circulación. Desde lejos y con sus helicópteros, los policías, que tanto se parecían a los jinetes del Apocalipsis, vigilaban. Hasta que el ruido molesto y Circé los hizo aterrizar y desguazarse en presencia de sus pilotos. El avión tardó muy poco en llegar a La Habana. En la Plaza de la Revolución estaba aguardando el mismísimo Fidel Castro, porque todos los rumores sobre su muerte eran falsos. Fidel, más poderoso, cachondo y fuerte que nunca, los abrazó a todos, uno por uno, con gran jolgorio y alegría sincera, y pidió a uno de sus escoltas que buscara ropa para el viejo escritor. Entretanto miles de palomas blancas, como recién salidas de una lavadora tratada con polvos SHIP, los mejores del mercado, se habían tomado todos los huecos que quedaban entre el millón de cubanos apiñados. Circé miró a las cientos de miles de palomas palomas, y de pronto, cortando el discurso de bienvenida de Fidel con una encantadora sonrisa que al Líder le pareció maravillosa, se elevó un canto angelical. Era algo así como la mejor orquesta de Viena metida en la capilla Sixtina interpretando unas espectaculares versiones de Mozart que cuando terminaron todo el mundo aplaudió a rabiar, hasta el propio Fidel que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Entraron todos en salones bizantinos que Circé iba transformando a su gusto en el Palacio mientras el presidente Fidel no cabía de admiración por aquella magia, él que era un mago por haber transformado un país de barro en una nación moderna.

-Presidente, he visto que sus tiendas están mal provistas. ¿Me deja aprovisionarlas?

Fidel aceptó encantado y salieron a un balcón donde desde un micrófono el Presidente anunció que a partir de aquel “mismito instante” se podría comprar (que digo coger, sin pagar un chavo) lo que se quisiera, “a capricho”, subrayó todo lo que quisiera y gratuitamente. Las calles se llenaron de gente. Las tiendas estaban rebosantes de mercancías. Los niños salían con juguetes nuevos, los padres hacían provisiones para los recién nacidos y en el plan de comestibles, desde el salmón más exquisito a los corderillos más apetitosos. Y de paso cambiaban el viejo Lada de la Revolución.

-Es usted una maga, señora, le dijo el presidente.

Circé sonrió:

-En mi tierra, en Grecia, dicen que soy algo bruja.

Mientras La Habana vivía fiestas y gran jolgorio, los visitantes y Fidel Castro junto con tres de sus más allegados amigos y combatientes, se reunían en un lugar secreto para deliberar. Porque los servicios secretos cubanos, que cubrían el mundo desde Barcelona a Tamanraset, habían descubierto que la formidable derrota que los visitantes no había sido bastante. Los caballeros negros, más rabiosos que nunca, se habían retirado a los Pirineos franceses en unas cuevas interminables e indetectables que fueron de los Templarios y tenían miles de escondites. Allí, con la ayuda que les llegaba silenciosamente de noche en platillos voladores, iban reponiéndose de su formidable derrota. Los espías cubanos decían que los más rabiosos eran los caballos, finalmente la fuerza más temible de aquellos regimientos del odio, que en las cuevas lamían sus heridas mientras artesanos reclutados en el mundo entero, pero a los que sus captores mataban una vez el trabajo terminado para guardar el secreto, habían rehecho las lujosas herraduras de sus caballos con oro puro sacado de unas minas olvidadas por los templarios. Además, aquellos feroces animales, que según se decían eran más inteligentes en la maldad que sus caballeros a los que se les había cortado la lengua por precaución, para guardar el secreto, disponían ahora de sillas de un oro tan fino que no pesaban nada pero que resistían por su elasticidad a la fuerza combativa del mejor tanque de la OTAN.

Circé y sus amigos quedaron horrorizados.

-No se preocupe, señora, les dijo Fidel. Nosotros hemos combatido en todas las guerrillas del mundo y cuando ustedes se vayan les acompañará un ejército cubano que ríase usted de las tácticas del Presidente Eisenhower, que era un excelente combatiente, durante la Segunda Guerra Mundial.

-¡Venceremos –gritó Fidel—como vencimos a los puñeteros yanquis!

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